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Domingo, 24 de mayo de 2026
Fiesta de Pentecostés
Llegó el día de Pentecostés y estaban todos juntos en un mismo lugar. De repente, vino del cielo un sonido como de un viento recio que soplaba, y resonó en toda la casa donde estaban sentados. Se les aparecieron lenguas como de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu hacía que hablasen.
—Hechos 2:1-4
En esta homilía de Pentecostés, el Padre Richard Rohr anima a los cristianos a reconocer la presencia del Espíritu Santo como un don que Dios ya ha concedido. [1]
Es una pena que el Espíritu Santo suela ser algo secundario para muchos cristianos. No nos involucramos realmente con el Espíritu que mora en nosotros. Me temo que tendemos a simplemente cumplir con los rituales. Formalmente creemos, pero no hay mucha pasión ni convicción detrás de ello, así que tampoco hay mucho servicio.
En los Evangelios se distinguen claramente dos bautismos. Está el bautismo con agua, al que la mayoría estamos acostumbrados, y luego está el bautismo «con el Espíritu Santo y con fuego» (Mateo 3:11); este último es el que realmente importa.
El bautismo con agua que muchos recibimos de niños exige poca convicción o comprensión. Algunos padres simplemente lo hacen para complacer a sus padres o abuelos. Hasta que este bautismo en agua se convierta en una realidad, hasta que conozcamos y confiemos en Jesús, y hasta que lo invoquemos, compartamos su fe y lo amemos, simplemente estaremos dejándonos llevar por la corriente.
Podemos reconocer a las personas que han experimentado un segundo bautismo en el Espíritu Santo. Suelen ser personas cariñosas y llenas de vida. Desean servir a los demás y no solo ser servidos. Perdonan a la vida misma por no ser todo lo que alguna vez esperaron. Perdonan a sus prójimos y se perdonan a sí mismos por no ser tan perfectos como quisieran.
Aunque oramos: «Ven, Espíritu Santo», espero que sepan que el don del Espíritu ya nos ha sido dado. El Espíritu Santo ya ha venido. Todos somos templos del Espíritu Santo — ¡de forma igualitaria, objetiva y eterna! La única diferencia radica en el grado en que lo conocemos, nos nutrimos de él y creemos conscientemente en él. Todas las imágenes bíblicas del Espíritu son dinámicas — agua que fluye, paloma o fuego que desciende, y viento impetuoso. Si rara vez hay movimiento, energía, entusiasmo, amor profundo, servicio, perdón o entrega, podemos estar seguros de que no estamos viviendo en el Espíritu. Si simplemente actuamos por inercia, no estamos experimentando nuestra conexión con el Espíritu. Haríamos bien en avivar la llama del don que ya tenemos.
Dios no da el Espíritu a quienes somos dignos, porque ninguno de nosotros lo es. Dios da el Espíritu, de esta manera, a quienes lo desean. En esta Fiesta de Pentecostés, simplemente, ¡deséenlo! Confíen en él. Sepan que ya les ha sido dado y vivan conforme a esa confianza.
1 Adaptado de Richard Rohr, “Why Do You Ask for What Has Already Been Given?” homilía, Junio 8, 2014.

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