Pablo conocía a Cristo en su interior

Como hilos tensados en un telar, tejemos una historia más amplia solo cuando estamos dispuestos a soltar el patrón que creíamos conocer.


La visión transformadora de Pablo 


Pablo conocía a Cristo en su interior 

Domingo, 13 de septiembre de 2026


El padre Richard Rohr destaca cómo las enseñanzas del apóstol Pablo surgen de su experiencia de Cristo viviendo en él —¡y en toda la realidad! [1].

En su carta a los Gálatas, Pablo describe su encuentro con Cristo resucitado en el camino a Damasco. Escribe una frase sumamente reveladora: «Dios reveló a su Hijo en mí» (Gálatas 1:16). Este alto grado de confianza interior, introspección y seguridad en sí mismo resultaba bastante inusual en una época caracterizada por una mayor extroversión y una interpretación literal. En mi opinión, esta es la razón por la que, durante los primeros mil quinientos años del cristianismo, no se le dio mayor relevancia a Pablo. Salvo excepciones como Agustín y muchos místicos y ermitaños católicos, fue necesaria la generalización de la alfabetización y la disponibilidad de la palabra escrita en el siglo XVI para conducir a los creyentes hacia un cristianismo más interior, tanto para bien como para mal. 

Observe el criterio fundamental de Pablo para una fe auténtica: «Examínense para asegurarse de que están en la fe. Pónganse a prueba. ¿Reconocen que Jesucristo está realmente en ustedes? Si no es así, han fracasado en la prueba» (2 Corintios 13:5). ¡Es tan sencillo que resulta inquietante! Para Pablo la radical encarnación —que Cristo está presente en nosotros y en el cosmos— establece un estándar elevado. Él sabía que Cristo debe ser reconocido en el interior antes de poder ser reconocido en el exterior.

Dios debe revelarse en ti antes de poder revelarse plenamente a ti.

Es importante recordar que Pablo al igual que nosotros, nunca conoció a Jesús en carne y hueso. Como él, solo conocemos a Cristo al observar y honrar la profundidad de nuestra experiencia humana y adquirir una nueva mirada. Cuando somos capaces de honrar y acoger nuestro propio momento de tristeza o plenitud como una participación llena de gracia en la tristeza o plenitud eternas de Dios, nos reconocemos como miembros del único cuerpo universal de Cristo.

Así, Pablo demuestra que nosotros también podemos conocer la presencia de Cristo —infinitamente accesible de Cristo— a través de nuestro propio diálogo interior o de la ley natural, que está «grabada en nuestros corazones». Con gran audacia, afirma que incluso los llamados paganos, «que no poseen la ley... pueden considerarse la ley misma» (véase Romanos 2:14-15). Sin duda, esta es la razón por la que habló a los cultos atenienses sobre «el Dios desconocido... a quien ustedes ya adoran sin saberlo» (Hechos 17:23). Es probable que Pablo heredara esta idea de la «nueva alianza» hecha al pueblo de Dios: «Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones» (véase Jeremías 31:31-33). 

Pablo simplemente llevó la encarnación —lo divino en forma material— a sus conclusiones universales y lógicas. Lo vemos en su audaz exclamación: «Solo existe Cristo. Él lo es todo y está en todo» (Colosenses 3:11). Si yo escribiera eso hoy, la gente me llamaría panteísta (el universo es Dios), cuando en realidad soy panenteísta (Dios reside en todas las cosas, pero también las trasciende), tal como lo fueron tanto Jesús como Pablo.



1 Adaptado de Richard Rohr, The Universal Christ: How a Forgotten Reality Can Change Everything We See, Hope for, and Believe (Convergent Books, 2021), 40–41, 42, 43. 

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