El hombre que vivió y amó la paradoja

Como hilos tensados en un telar, tejemos una historia más amplia solo cuando estamos dispuestos a soltar el patrón que creíamos conocer.


La visión transformadora de Pablo 


El hombre que vivió y amó la paradoja 

Martes, 15 de septiembre de 2026

 

El padre Richard Rohr reflexiona sobre cómo el apóstol Pablo identificaba en sí mismo las numerosas paradojas que enseñaba: [3

Tras su experiencia de conversión y a lo largo de todas sus cartas, Pablo parece amar y comprender la paradoja. Enseña mediante el contraste, la comparación y la superación de aparentes contradicciones. Quienes lo leen superficialmente casi siempre han interpretado una de las vertientes como negativa y la otra positiva, pero eso supone, en gran medida, pasar por alto su genialidad como maestro. Si uno no ha luchado conscientemente con estos patrones en su propio interior —y logrado reconciliarlos en parte— creo que resulta casi imposible comprender a Pablo. 

El «lenguaje de la cruz» (1 Corintios 1, 18) se convirtió en la «piedra filosofal» de Pablo, su propio patrón para evaluar y criticar el sentido de la realidad. Le permitió trascender lo que parecía orden y lógica para descubrir un orden nuevo, al que llamó «la sabiduría oculta de Dios» (1 Corintios 2, 7). A este conocimiento no se podía llegar mediante el mero estudio o la inteligencia, sino únicamente a través de la entrega a la comunión, algo que él llamó fe. 

Utilizó el término jurídico, «justificación», para describir esa reconciliación. Hoy en día podríamos hablar de validación última, reflejo, sanación o «salvación». Pero Pablo sabía que la única manera de que se produjera este reajuste era mediante una experiencia de despojo del ego que arrancara nuestro yo falso y fabricado, conduciéndonos hacia un yo nuevo (Efesios 2, 15; Gálatas 6, 15) donde todas las contradicciones pudieran ser resumidas y superadas. Aquello había sucedido en él, y ahora veía su vida como una labor de «transmitir esa reconciliación» (2 Corintios 5, 18), la cual se realizaba siempre a través de la coincidencia de los opuestos: la cruz.  

Enumeremos algunos de los aparentes dualismos con los que a Pablo le gusta jugar e intentar reconciliar: ley y gracia, carne y Espíritu, el viejo yo y el nuevo yo, Adán y Cristo, debilidad y fortaleza, insensatez y sabiduría, obras y misericordia, exclusividad e inclusividad. La lista continúa. En cada caso, Pablo describe algo que ya ha sido reconciliado en él a través de los conflictos de su vida y por obra de un Amor Mayor. 

Es casi como si la conciencia humana no hubiera estado preparada hasta ahora para percibir esta tensión creativa. Las iglesias han citado mayoritariamente las cartas de Pablo para respaldar la estructura, mostrándose reacias a reconocer sus opiniones claramente contrarias a la estructura —muchas de las cuales resultan bastantes peligrosas para una religión que busca ante todo instaurar el orden en un mundo desordenado. Sin embargo, ni a Jesús ni a Pablo les preocupan especialmente el orden, las buenas formas o el control social. Su interés radica en la transformación de las personas y de la historia, así como en aprovechar el propio desorden de la vida de la gente hacia Dios. Por eso ambos lo llamaron «buena nueva», y por eso constituye un descubrimiento sorprendente y gozoso para cualquiera de nosotros que sea honesto respecto a nuestra propia condición.  

Lo que hoy predomina en la religión occidental son, en gran medida, malas noticias: el intento de imponer un orden imposible a un mundo que Dios permite que sea desordenado y en el cual Dios incluso se sirve de este desordene para llevarnos a todos al Amor. ¿Cómo es posible que pasemos por alto o ignoremos una noticia tan extraordinariamente buena?



3 Adaptado de Richard Rohr, Soul Brothers: Men in the Bible Speak to Men Today (Orbis Books, 2004), 64–65, 66–67, 68–70. 

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