Los juegos del imperio
Imperio y Cristianismo
Los juegos del imperio
Lunes, 19 de octubre de 2026
El padre Richard reflexiona sobre cómo la perspectiva del imperio transformó la interpretación del Evangelio: [2]
Una vez que el cristianismo se entrelazó con el imperio, ya no fue posible hablar de la frase inicial del Sermón de la Montaña: «Bienaventurados los pobres de espíritu» (Mateo 5, 3). Los emperadores no desean personas que sean «pobres de espíritu»; buscan leales. Quieren gente que salude a la bandera y siga las normas. Desean Estados basados en la seguridad nacional. Cualquier mención a la no violencia, francamente, queda relegada a la clandestinidad hasta el siglo XX. Así de profundamente enterró el «cristianismo imperial» el mensaje evangélico. Los imperios requieren juicios claros sobre lo que está arriba y lo que está abajo, quién está dentro y quién fuera, quién tiene la razón y quién está equivocado, quién es nuestro enemigo y quién nuestro amigo.
He aquí un ejemplo de hasta qué punto esto infectó a la Iglesia: en el año 1054, sin atisbo alguno de ironía, el obispo de Roma y el patriarca de Constantinopla —representantes, respectivamente, de las tradiciones de la Iglesia latina y de la Iglesia griega— se excomulgaron mutuamente. En la práctica, cada bando se autoproclamó vencedor. Fue un triunfo del pensamiento dualista, basado en la lógica de «ganar o perder». En Occidente teníamos el Sacro Imperio Romano Germánico, y en Oriente, el Imperio bizantino; ambos dejaron, esencialmente, de hablarse.
El Sacro Imperio Romano Germánico evolucionó hasta convertirse en el Imperio austrohúngaro. Del mismo modo, el Imperio español llevó su versión del catolicismo romano occidental al Nuevo Mundo, incluido el territorio de mi estado natal: Nuevo México.
Estos imperios transmitieron una interpretación del Evangelio que no suponía ninguna amenaza para el poder jerárquico, la guerra o la acumulación de riqueza; al contrario, parecía estar perfectamente alineada con todo ello. Por eso, cuando critico el capitalismo, hay quienes me consideran un hereje. ¿Sabías que, hasta el siglo XII, cobrar intereses por un préstamo era motivo de excomunión? ¡Hoy en día, es la norma absoluta! Estamos tan integrados en nuestro actual sistema de generación de riqueza que gran parte de las enseñanzas de Jesús —en las que afirma que los de arriba quedarán abajo y los de abajo, arriba— nos resulta totalmente incomprensible. (Véase Mateo 19:30, 20:16). No estamos de acuerdo con ello, ni en el ámbito privado ni en el público.
Existen, por supuesto, excepciones: aquellos que permanecieron al margen del imperio. En el mundo católico, encontramos a los padres y madres del desierto, a los celtas y a las órdenes mendicantes. En el ámbito protestante, el cristianismo no imperial se vio reflejado, quizás de la forma más clara, en el movimiento anabaptista, del cual surgieron grupos como los menonitas, los amish, los valdenses, el Bruderhof e incluso los cuáqueros (aunque estos últimos no sean, estrictamente anabaptistas).
Estas formas de cristianismo ponen el énfasis en aspectos como un estilo de vida sencillo, la no participación en guerras, la negativa a prestar juramentos ante los gobiernos y el rechazo a rendir honores a las banderas o a los sistemas de este mundo. Estos grupos nunca fueron instituidos por ningún Estado, ni gozaron de los privilegios propios de una religión oficial, como ocurrió en los imperios romano, español o británico. De hecho, esto juega a su favor, pues, una vez que una religión se establece, ¡hay que tener mucho cuidado! La capacidad de proclamar la verdad se ve sumamente limitada; hay toda una serie de cosas que ya no se pueden expresar.
[2] Adaptado de Richard Rohr, “Christianity and Empire,” Conspire 2018 (Center for Action and Contemplation, 2018). Youtube.com.

Comentarios
Publicar un comentario