Pertenecer al Reino de Dios

Como piedras antiguas que regresan lentamente a la ladera, las estructuras del imperio se desvanecen, mientras que el camino de Jesús —arraigado como la tierra misma— permanece. 


Imperio y Cristianismo 


Pertenecer al Reino de Dios

Miércoles, 21 de octubre de 2026


La teóloga Kat Armas reflexiona sobre cómo los primeros cristianos habrían escuchado el llamado del Evangelio a la dignidad y la pertenencia, en contraste con la insistencia del imperio en la distinción entre conquistadores y conquistados: [4]

En el mundo del imperio, la pertenencia era un arma de doble filo. Para ser tomado en cuenta, para tener un nombre que significara algo más allá de uno mismo, era preciso estar dispuesto a desprenderse de la propia piel, a moldearse hasta adoptar una forma que reflejara los deseos del imperio. La conformidad con la voluntad imperial era una forma de supervivencia; una paz amarga, lograda mediante la anulación de la propia identidad. No había espacio para una diversidad indómita, ni lugar para el vasto y hermoso espectro de la existencia humana.

Pero entonces, esta voz —este evangelio— irrumpe en el ambiente: «Ya no hay griego ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro, escita, esclavo ni libre...» (Colosenses 3:11). Estas etiquetas —griego, judío, esclavo, libre— eran mucho más que simples palabras; eran muros erigidos alrededor de las almas, barreras que definían quién podía ascender y quién estaba condenado a servir. Sin embargo, ante la audaz proclamación de la carta a los Colosenses, las rígidas categorías del imperio se tambalean. En Cristo, incluso quien es visto como un extraño es bienvenido. Ya nadie necesita someterse para pertenecer; este nuevo «reino» —entendido como una gran familia— desmantela la mentira de que la paz exige nuestro silencio...

El camino de Jesús se presenta en marcado contraste. Este evangelio toma a los seres más despreciados por el imperio y los transforma, ofreciéndoles no solo un lugar al cual pertenecer, sino la certeza de ser profundamente amados. El alcance del amor de Cristo llega hasta los rincones más olvidados de la imaginación y crea vínculos de parentesco. Aquí encontramos un amor que convierte a quienes tememos en nuestra propia familia.

En este nuevo «reino» —esta gran familia de Dios— no existen rangos inferiores, ni conquistas ocultas bajo la apariencia de unidad. Judíos y griegos, esclavos y libres, bárbaros y escitas: todos se reúnen en la misma mesa, donde cada persona es honrada tal como es.

Armas destaca cómo este movimiento de Dios fomentaba tanto la diversidad como el sentido de pertenencia: 

Cuando la carta a los Colosenses habla de despojarse del «viejo yo» —de desprenderse de las vestiduras del imperio—, nos invita a una transformación que no consiste en un simple adorno, sino en un renacimiento fundamental. En los triunfos romanos, los vencedores se quitaban sus antiguas vestiduras para ponerse los mantos de la victoria, en una ceremonia que celebraba el dominio del conquistador. En el imperio, una vestimenta adecuada simbolizaba la civilización misma. Ser romano significaba vestir de la manera «correcta», mientras que aquellos considerados «bárbaros» eran señalados por su supuesta falta de refinamiento; se les etiquetaba como ajenos, no solo por su procedencia geográfica, sino por su apariencia, su forma de vestir y su propio cuerpo. Esta creencia perduró durante la colonización europea y sigue presente, de algún modo, en nuestra mentalidad moderna. Pertenecer al imperio implica vestir conforme a lo que se espera. Pero el evangelio nos invita, en cambio, a revestirnos de compasión, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia y, sobre todo, amor. Este amor no es algo superficial: nos une, nos sana y crea una comunión allí donde antes solo existían categorías. En este «reino de parentesco», el poder se desvanece y lo que queda es una paz tan profunda que se convierte en un hogar; un espacio donde la diferencia finalmente puede respirar. Un lugar de comunión, solidaridad y amistad. 




[4] Kat Armas, Liturgies for Resisting Empire: Seeking Community, Belonging, and Peace in a Dehumanizing World (Brazos Press, 2025), 180–181.

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