Esperanza para los heridos
Historia de la Pascua
Esperanza para los heridos
Miércoles, 8 de abril de 2026
La teóloga feminista Yolanda Pierce nos recuerda que la resurrección y su promesa de nueva vida no borran el dolor de lo perdido: [4]
No se pueden leer las historias de Jesús resucitado como relatos de la vida triunfando sobre la muerte sin lidiar con capas de dolor, luto y sufrimiento. Una madre amada ha perdido a su primogénito; estudiantes y discípulos lloran la muerte de un maestro, confidente y amigo. Todos han sido testigos del dolor insoportable de la cruz, de las consecuencias de atreverse a desafiar al imperio y del precio de declarar a Jesús como Mesías. Algunos creyentes se esconden, y otros están confundidos sobre a quién deben seguir ahora.
En el caos de este tiempo, el Salvador resucitado aparece una y otra vez, no como un ser fantasmal y etéreo, sino como un cuerpo herido. «Mirad mis manos y mis pies», dice a algunos de los asustados a quienes se aparece. «¡Soy yo mismo! Tocadme y ved; un fantasma no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo» (Lucas 24:39).
¿Cómo comprendemos a Dios hecho carne, quebrantado y vulnerable, y a la vez resucitado y triunfante? ¿Cómo podemos, como Tomás el incrédulo, dar sentido a Jesús con sus heridas aún visibles? A Tomás, Jesús le dice: «Pon aquí tu dedo; mira mis manos. Extiende tu mano y métela en mi costado» (Juan 20:27).
Hay una intimidad en la orden de Jesús a Tomás, una cercanía que no podemos pasar por alto. Cristo lo invita a tocar las heridas sin cicatrizar, a sentir los lugares donde los clavos y la lanza traspasaron su cuerpo. Es una proclamación de que el cuerpo físico todavía importa… Las heridas también forman parte de la historia divina.
Al compartir sus heridas, Jesús revela que nuestras heridas son espacios para la presencia sanadora y el amor de Dios:
Esta es una teología para los heridos, para quienes aún están sanando, e incluso para aquellos que todavía no están preparados para la sanación. El Salvador resucitado acoge insistentemente a los que dudan, a los inseguros y a los afligidos para que lo toquen y vean que es real, presente y está aquí con nosotros. El Salvador resucitado, que fue abandonado, negado, traicionado y crucificado, no oculta sus heridas ni apresura su sanación. Como personas heridas, atrapadas en las fragilidades de la carne humana, ¿podemos también nosotros reunir la gracia y la bondad suficientes para reconocer que nuestras propias heridas humanas necesitan tiempo para sanar?...
Esta es una teología encarnada. En estas historias, el cuerpo físico y el mundo tangible se presentan constantemente como formas de conocer íntimamente a Dios. Algunos vieron y creyeron; otros no han visto y aun así creen. En el centro de ambas experiencias está Dios hecho carne, amándonos en nuestras propias heridas.
4 Yolanda Pierce, The Wounds Are the Witness: Black Faith Weaving Memory into Justice and Healing (Broadleaf Books, 2025), 131–132, 133–135.

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