El mito de la violencia redentora
No violencia: la vocación cristiana
El mito de la violencia redentora
Jueves, 24 de septiembre de 2026
El padre Richard Rohr explica que la llamada «violencia redentora» por lo general solo perpetúa los ciclos de violencia que Jesús vino a detener: [9]
Jesús no tiene parte alguna en ningún «mito de la violencia redentora», como algunos lo han llamado, a pesar de que la violencia redentora es el hilo conductor de la historia, e incluso de gran parte de la Biblia (la conquista de la Tierra Prometida, las guerras de los reyes de Israel y las acciones de Saúl, David, Herodes y otros semejantes). La historia de Jesús, en cambio, se convierte en un modelo de perdón redentor.
La vida y las enseñanzas de Jesús se oponen radicalmente a ese error perenne y universal —que probablemente ocurre cada tres minutos en la mente y el corazón de la mayoría de los seres humanos—: el instinto de destruir aquello que percibimos como la fuente del problema. En ese sentido, él es verdaderamente el «Salvador del mundo» (Juan 4:42), porque esa violencia constituye la agenda principal del mundo; una agenda que él desenmascara y resuelve mediante una propuesta totalmente distinta. Si no aprendemos esto, resulta difícil creer que nuestro mundo tenga mucho futuro.
Para oponerse a la violencia, Jesús debe restar importancia a aquello que la gente tiende a absolutizar, ya que solemos utilizar nuestros absolutos para justificar nuestra violencia. Esto es especialmente cierto en lo que respecta a la identidad de grupo. Jesús critica a su propio grupo siempre que este intenta utilizar su mensaje para fomentar una mentalidad de confrontación, la soberbia grupal o la justificación de la violencia. ¡Qué distinta habría sido la historia del cristianismo si le hubiéramos escuchado!
Este es el mensaje sencillo de Jesús: la santidad ya no se encuentra mediante la separación o la exclusión, sino a través de la inclusión radical y el perdón hacia aquello que supuestamente contamina. Cualquier sistema excluyente no hace más que sentar las bases firmes de la violencia en el pensamiento, la palabra y la obra. Por ello, él debe guiarnos por un nuevo camino de perdón, inclusión y sacrificio de nuestra propia identidad.
Lo que Levítico 16–27 describe como la «ley de la santidad» —la separación de las personas pecadoras y el rechazo de ciertas acciones y cosas— cobra un sentido totalmente distinto en Jesús: ¡son precisamente los actos de separación, superioridad y rechazo los que constituyen el pecado!
Creo que Jesús nos enseña que, si dedicamos nuestra energía a elegir el bien —en lugar de emplearla en la energía negativa y en gran medida ilusoria de rechazar el mal—, venceremos al mal de una manera mucho mejor y no nos convertiremos nosotros mismos en maldad. Esto es exactamente lo que él hace en la cruz, y creo que constituye el núcleo de su mensaje. En nuestro centro de Nuevo México, hemos adoptado como uno de nuestros principios fundamentales la idea de que «la mejor crítica de lo malo es la práctica de lo mejor».
Ante todo, así fue como Jesús reformó las leyes religiosas y socavó los fundamentos de toda conducta violenta, excluyente y punitiva. Él se convirtió en la víctima que perdona para que nosotros dejáramos de crear víctimas. Se convirtió en el acusado, injustamente para que tuviéramos cuidado a quién acusamos.
9 Richard Rohr, Things Hidden: Scripture as Spirituality (Franciscan Media, 2022), 161, 162, 163–164.

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