El lugar de descanso de Dios
Francisco y el mundo natural
El lugar de descanso de Dios
Domingo, 4 de octubre de 2026
Festividad de San Francisco de Asís
El padre Richard Rohr explica cómo san Francisco de Asís (1182–1226) percibía el mundo natural como algo lleno de la presencia de Dios: [1]
En los relatos de su vida, se cita a Francisco hablando con —o acerca de— alondras, corderos, conejos, faisanes, halcones, cigarras, aves acuáticas, abejas, el famoso lobo de Gubbio, cerdos (a los que elogiaba por ofrecer generosamente sus cuerpos para nuestro alimento) y peces recién pescados que intentaba devolver al agua siempre que era posible. También se dirigía a la creación inanimada, como si realmente tuviera alma. Sabemos esto porque su «Cántico de las criaturas» incluye al fuego, al viento, al agua, al hermano Sol, a la hermana Luna y, por supuesto, a nuestra «hermana y madre Tierra». [2]
El llamado «misticismo de la naturaleza» fue, de hecho, una primera vía valiosa tanto para Francisco como para Buenaventura —el primer teólogo franciscano—, quien veía todas las cosas como semejanzas de Dios (vestigia Dei): huellas dactilares y pisadas que revelan el ADN divino subyacente en todos los eslabones vivos de la Gran Cadena del Ser.
La creación misma —y no los rituales ni los espacios construidos por manos humanas— era la catedral principal de Francisco, su lugar de descanso en Dios; lo cual a su vez lo impulsaba a volver hacia las necesidades de la ciudad. Es algo muy parecido al propio movimiento de Jesús entre la soledad del desierto y el ministerio de sanación en los pueblos pequeños. El Evangelio nos transforma al ponernos en contacto con aquello que es mucho más constante y gratificante —literalmente, el «fundamento de nuestro ser»— y que posee mucha más «realidad» que los conceptos teológicos o la mera ritualización de la realidad.
Los acontecimientos cósmicos cotidianos, tanto en el cielo como en la tierra, constituyen la realidad que se extiende sobre nuestras cabezas y bajo nuestros pies en cada instante de nuestra vida: un sacramento continuo. Observo que la preocupación por los rituales religiosos tiende a intensificarse cuanto menos nos alcanza la Realidad misma, a la cual los mejores rituales no hacen más que señalar.
El propio Jesús suele remitirnos a elementos como el cielo rojizo, una gallina, los lirios, la higuera, un burro atrapado en un pozo, las aves del cielo, la hierba del campo, los animales del Templo (a los que liberó de sus jaulas) y un largo etcétera. Es evidente que él observaba el mundo aparentemente «no religioso» —las cosas cotidianas que lo rodeaban— y que impartía la mayor parte de sus enseñanzas al aire libre.
En los «Ritos de paso para hombres» de cinco días de duración —que fueron el eje de mi trabajo durante quince años—, muchos hombres descubrieron que las oraciones y los rituales realizados en edificios de escala humana y construidos con materiales artificiales acababan pareciéndoles algo excesivamente domesticado y controlado. A menudo percibían que la salvación allí ofrecida resultaba también «pequeña» y de corte eclesiástico. Casi sin excepción, los avances más significativos para estos hombres se producían durante prolongados momentos de silencio en plena naturaleza —donde lo humano y lo meramente verbal no llevaban la voz cantante— o bien durante rituales de carácter crudo y telúrico.
1 Adaptado de Richard Rohr, Eager to Love: The Alternative Way of Francis of Assisi (Franciscan Media, 2024), 46–48.
2 Thomas of Celano, “Second Life,” 495.

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