Dar a los demás
Madurar: envejecer con gracia
Dar a los demás
Martes, 3 de noviembre de 2026
La vida es el proceso de vaciarse y adentrarse en la unidad de la vida y la muerte. Es vivir a través del morir. —Sally Severino
La Dra. Sally Severino describe el proceso de envejecimiento como una oportunidad para experimentar más plenamente la unión con Dios.
Los seres humanos somos criaturas que crean significado. Nuestras vidas adquieren un nuevo sentido con el paso de los años. Dado que la longevidad humana ha aumentado, el envejecer ya no implica necesariamente un declive, deterioro o discapacidad. Es una etapa para ser más auténticamente nosotros mismos; para expresar con mayor libertad quiénes somos realmente, en la plenitud de nuestra madurez.
En el plano espiritual, mi infancia estuvo marcada por el bautismo y la confirmación—fue una etapa en la que experimenté a Dios como un padre o madre. Durante la madurez, mi relación con Dios evolucionó hacia una comprensión de Él como compañero. En la etapa avanzada de la vida, mi relación con Dios ha cobrado la forma de una toma de conciencia sobre la unidad de toda la existencia, lo cual incluye mi propio camino hacia la unidad con Dios. Esto guarda coherencia con lo que el psiquiatra suizo Carl Jung describió como las siete tareas del envejecimiento:
aceptar la muerte como parte de la vida
reflexionar sobre la propia existencia
reconocer los límites del tiempo y la energía personales
liberarse del dominio del ego
integrar los opuestos que llevamos dentro para alcanzar la plenitud
encontrar un sentido a la propia vida
poner en juego nuestros potenciales no utilizados al «morir con la vida»
En otras palabras, nos vaciamos a imitación de Jesús. Cuando estamos totalmente vacíos y solo Dios habita en nuestro interior, recuperamos nuestro verdadero ser.
Al reconocer a Dios como nuestro verdadero ser, descubrimos quiénes somos realmente. Solo necesitamos abrir los ojos a la bondad que siempre hemos poseído. Al percibir esta bondad, podemos morir a «nuestra» propia vida y vivir como la expresión única de Dios para la que fuimos creados. Podemos permitir que Dios actúe en nosotros y a través de nosotros.
Severino describe cómo, al aceptar plenamente nuestra unidad con Dios, podemos ofrecer nuestras vidas al mundo:
No solo somos receptores del amor divino; también somos quienes lo transmiten al mundo. Cuando estamos unidos a Cristo, nuestros corazones y almas se llenan de una compasión que, a través de Él, fluye hacia el mundo…
A cada uno de nosotros se nos ha concedido la mente de Cristo y la capacidad de compartir este don a los demás. Solo hace falta tomar conciencia, sentir gratitud y compartir nuestra singularidad con el mundo que nos rodea. Cristo nos anima a hacer lo que Él hizo—actuar con libertad, expresando nuestro don en cada momento irrepetible de nuestra existencia. La espiritualidad del envejecimiento es un proceso en el que nos volvemos cada vez más semejantes a Cristo—es proceso de vaciarnos hasta que solo Dios habite en nuestro interior. Del mismo modo que cada uno de nosotros constituye una imagen única de Cristo en el mundo, también nuestro proceso de maduración es único. Dios llama constantemente a la puerta, deseando entrar en nuestras vidas. Solo tenemos que abrirla.
3 Sally K. Severino, “Reflections on the Spirituality of Aging,” Oneing 1, no. 2, Ripening (CAC Publishing, 2013): 33–34, 35. Available in PDF download.

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